martes, 29 de julio de 2014

Todo tiende a la catástrofe y el colapso. Yo estoy acelerado y feliz. ¿No es horrible ser así?

Fuente The Economist
Quien escribió esto fue Churchill a su mujer el 28 de julio de 1914. Probablemente su opinión fuera completamente diferente cuatro años después. Incluso antes. Antes de 1914 Gran Bretaña era el principal prestamista y acreedor de la economía mundial. Una vez finalizada la contienda en 1918, Gran Bretaña se convirtió en un país deudor con los EEUU al tiempo que perdió su hegemonía política y económica en el mundo. El propio Churchill calificó posteriormente en The Gathering Storm el periodo comprendido entre 1914 y 1945 como la Segunda Guerra de los Treinta Años (Second Thirty Years War) con diferentes episodios bélicos: Guerra de los Balcanes (1912-13), Primera Guerra Mundial (1914-18), la Guerra Civil Rusa (1917-1923), la guerra entre Ucrania y la URSS (1917-21), la guerra entre Polonia y la URSS (1919-1921), la Guerra Civil Española (1936-39) y la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Incluso para algunos historiadores e intelectuales se puede hablar de una gran guerra civil europea con varios ingredientes adicionales: nacionalismo, fascismo (nazismo) y comunismo. Para saber más sobre la Primera Guerra Mundial tenéis los excelentes enlaces de la BBC: 37 Days: Countdown to World War One; World War One y Did the World War One nearly bankrupt Britain?


Fuente The Economist
John Maynard Keynes escribió en Las Consecuencias Económicas de la Paz lo siguiente: ¡Qué episodio tan extraordinario ha sido, en el progreso económico del hombre, la edad que acabó en agosto de 1914! Es verdad que la mayor parte de la población trabajaba mucho y vivía en las peores condiciones; pero, sin embargo, estaba, a juzgar por todas las apariencias, sensatamente conforme con su suerte. Todo hombre de capacidad o carácter que sobresaliera de la medianía tenía abierto el paso a las clases medias y superiores, para las que la vida ofrecía, a poca costa y con la menor molestia, conveniencias, comodidades y amenidades iguales a las de los más ricos y poderosos monarcas de otras épocas. El habitante de Londres podía pedir por teléfono, al tomar en la cama el té de la mañana, los variados productos de toda la tierra, en la cantidad que le satisficiera, y esperar que se los llevaran a su puerta; podía, en el mismo momento y por los mismos medios, invertir su riqueza en recursos naturales y nuevas empresas de cual­quier parte del mundo, y participar, sin esfuerzo ni aún molestia, en sus frutos y ventajas prometidos, o podía optar por unir la suerte de su fortuna a la buena fe de los vecinos de cualquier municipio importante, de cualquier continente que el capricho o la información le sugirieran. Podía obtener, si los deseaba, medios para trasladarse a cualquier país o clima, baratos y cómodos, sin pasaporte ni ninguna formalidad; podía enviar a su criado al despacho o al banco mas próximo para proveerse de los metales preciosos que le pareciera con­veniente, y podía después salir para tierras extranjeras, sin conocer su religión, su lengua o sus costumbres, llevando encima riqueza acu­ñada, y se hubiera considerado ofendido y sorprendido ante cual­quier intervención. Pero lo más importante de todo es que el consi­deraba tan estado de cosas como normal, cierto y permanente, a no ser para mejorar aún más, y toda desviación de él, como aberración, escándalo y caso intolerable. … Los proyectos y la política de militarismo e imperialismo, las rivalidades de razas y culturas, los monopolios, las restricciones y los privilegios que habían de hacer el papel de serpiente de este paraíso, eran poco más que el entretenimiento de sus periódicos, y parecía que apenas ejercían influencia ninguna en el curso ordinario de la vida social y económica, cuya internacionalización era casi completa en la práctica.

En el gráfico de abajo, The Economist refleja sucintamente los electos de la primera Guerra Mundial. Definitivamente Europa se suicidó.