sábado, 11 de abril de 2015

Berlín en los años 30. Hermanos de sangre de Ernst Haffner

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Acabo de leer un libro fascinante e intrigante sobre cómo vivían los jóvenes marginados en el Berlín de los años 30. Se titula Hermanos de Sangre y está escrito por Ernst Haffner (recomiendo estas dos reseñas de The New York Times y The Guardian; os dejo asimismo las impresiones del traductor de la novela, Fernando Aramburu). Confieso que cuando lo compré me esperaba las vicisitudes de los más desamparados en plena descomposición de la República de Weimar. Me esperaba las razones por las cuales algunos jóvenes abrazaron el nazismo y otros el comunismo. Sin embargo, me he encontrado con un libro extraordinario -mitad novela, mitad documento periodístico- en el cual no se mencionan ni una sola vez los acontecimientos políticos de la época (en ningún instante aparecen las palabras nazismo, comunismo, Weimar, Hitler, judío, etc.). Hermanos de Sangre constituye un documento durísimo sobre la miseria de miles de jóvenes berlineses entre 14 y 21 años (mayoría de edad) que viven en la calle. Según Jonas Kleinmann, en 1930-31 existían entre 45,000 y 50,000 jóvenes desempleados con edades comprendidas entre 14 y 21 años que deambulaban por las calles de Berlín. Algunos son huérfanos, otros han sido abandonados y otros huyen de los férreos (y excesivamente crueles) reformatorios. Su único refugio las pandillas o la suerte (impresionante la descripción en el capítulo seis del viaje en tren de Willi Kludas entre Colonia y Berlín).


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El siguiente paso ha sido buscar otras novelas del autor. Y aquí aumenta todavía más la sorpresa. Apenas se sabe nada de Ernst Haffner. Aparentemente Haffner era un trabajador social y periodista que vivió en Berlín entre 1925 y 1933, a tenor del único registro disponible en la capital alemana. Su libro fue publicado originalmente en 1932, un año antes de que los nazis tomaran el poder, como “Jugend auf der Landstrasse Berlin” (cuya traducción literal sería algo así como “La juventud camino a Berlín”) por el destacado editor judío Bruno Cassirer. Muy probablemente por esta razón el libro fue quemado y prohibido (más detalles aquí); y no tanto por el contenido. A mediados de 1930, el gobierno nazi ordenó que ambos compareciesen ante las autoridades que supervisaban (y censuraban) todo lo publicable en Alemania. La editorial Cassirer publicó su último libro en Alemania en 1936. A partir de esas fechas se pierde todo rastro de Haffner. Se sabe que su editor acabó exiliándose en Inglaterra donde falleció en 1941. En cualquier caso, el misterio llega hasta nuestros días. Durante 80 años nadie se acuerda de "Hermanos de Sangre" hasta su reedición. Recientemente el periódico Bild hizo un llamamiento para localizar al autor o a sus posibles herederos. No se recibió ninguna respuesta. Así que bien pudo ser encarcelado y morir en un campo de concentración, bien huyó a otro país, bien falleció solo y olvidado e incluso pudo no existir nunca. Mi hipótesis. Un contemporáneo suyo Raimund Pretzel escribía con el seudónimo de Sebastian Haffner (por cierto, tiene uno de los mejores libros que existen sobre la Alemania en el periodo de entreguerras: Historia de un alemán). Pretzel utilizaba Haffner en honor de una de las sinfonías de Mozart. Así que bien pudiera ser un niño de la calle que logró sobrevivir en el Berlín de los años 20 (lo que está muy claro es que por alguna razón tuvo un contacto muy directo con estos chicos marginados de la calle). Tampoco creo que fuera judío (jamás menciona en el libro nada sobre los judíos); más bien creo que cambió su nombre (los protagonistas de la novela tienen que cambiar su nombre para no ser detenidos) y que después tomó un camino equivocado. O no.

Os dejo cinco fragmentos para que veáis lo complicado y lo duro que era el día a día. Dado que hay algo de spoiler, podéis parar de leer justo en este momento y comprar primero el libro.

¡A seguir festejando! Las botellas hacen la ronda. Una tras otra vuelan vacías al rincón. El gramófono de la murga, infatigable. Un guirigay cada vez más ruidoso: ¡el alcohol! Con pasmosa rapidez, los chavales se convierten en animales reptantes que balbucean por el suelo. En esto alguien vocifera en medio del caos: “¡Hembras!”. Como un grito se enardece el deseo voraz de todos los chavales: ¡sí, hembras! La prostitución exhibe a todas horas su aviejada mercancía en la esquina de la Kolonie con la Badstrasse. Para allí van dos chavales. Vuelven con una mujer bastante metida en los cuarenta. Dieciséis jóvenes, que se comportan como chalados, y una mujer. Ulli despacha enseguida la cuestión del pago lanzándole a la prostituta un billete de diez marcos: “¡Por todos!”. Jonny, huésped distinguido y jefe de la pandilla amiga, inicia la rueda siniestra. A continuación, el que cumple años, y luego todos, todos… La prostituta está tendida en un diván construido con sacos de patatas apilados, fuma un cigarrillo tras otro y, por lo demás, permanece indiferente. Al cabo de una hora se ha ganado sus diez marcos. Ha de pasar por encima del ovillo de chavales tumbados como muertos para alcanzar la salida. Reina el silencio en la cabaña. La vela de altar ilumina un cuadro triste… (pp. 81-82).

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En los pasillos, convertidos en una auténtica ropavejería, no se hace otra cosa que negocios. Un bazar de harapos y desechos. Todos, lo que se dice todos los pobres, desean vender o cambiar algo a los otros pobres. Cualquier cosa imaginable o inimaginable. Se ofrecen cosas viejas y nuevas: zapatos, medias, camisas, calzoncillos, cuellos de camisa, corbatas, pantalones y chalecos y trajes completos, abrigos de verano, abrigos de invierno y chaquetas, sombreros de caballero y de señora, lencería. Libros de tres al cuarto, manoseados, y cigarrillos malos, dulces baratos y bocadillos obtenidos mendigando. Todo, todo. Ni siquiera las ofertas le hacen ascos al cuerpo humano. En el retrete, algunos muchachos se ofrecen por veinte céntimos o por un puñado de cigarrillos. (…) A nadie le extraña el trueque. Cualquiera lo entiende: un marco al contado supone un pan y media libra de margarina. (…) Alguien necesita un marco. Otro se lo da. Como fianza se queda con la cartilla de desempleo del deudor. A la mañana siguiente, día del pago, se juntan en la oficina de cobros del centro de beneficencia, y el acreedor no pierde a su deudor de vista hasta que no le ha entregado el marco y los estipulados cincuenta céntimos de interés. (pp. 101-102).

¡Qué aspecto tan distinto presenta Berlín cuando los puños aprietan dinero dentro de los bolsillos! Aunque sólo sean cuatro marcos. (…) “¿No quieres que vayamos al cine? -pregunta el pequeño-. En la Münze, en Pritzkow, solamente cuesta cuatro céntimos.” El cine de sesión continua Pritzkow, en la Münzstrasse, no es sólo un cine donde ponen dramas del Oeste y películas policíacas. Es asimismo una sala caldeada y dormitorio para los acaudalados que pueden desembolsar los cuarenta céntimos que cuesta la entrada. O sea que cualquiera puede disfrutar por cuatro monedas desde las diez de la mañana hasta las once de la noche, presenciar el programa completo en seis ocasiones o también dormir. (…) En el Pritzkow se paga por dormir. En consecuencia, uno se queda dentro mucho tiempo. A cualquier hora del día, el angosto teatro está de bote en bote. Los chavales y mocetones se aprietan codo con codo; miran ora con interés, ora aburridos, la pantalla con mala acústica o amortizan el dinero pagado por dormir, ya sea apoyándose suavemente en el tipo de al lado o en el respaldo del asiento que tienen delante, ya sea contando con la cabeza gacha los botones del chaleco. (p. 123).

Alexanderplat , c. 1932
¡La Alexanderplatz! El centro del hampa berlinesa. Allí son todos conocidos. ¿Quién no los conoce por las películas sobre el ambiente de los bajos fondos de Berlín? ¿Los hampones de lujo que sólo entran a robar con frac y zapatos de charol? ¿Esas criminales terriblemente hermosas para quienes asesinar constituye una perversa distracción? ¿Y los auténticos y fabulosos sótanos de delincuentes con danzas apaches, truhanes engominados, putillas de buen ver por dos marcos, con sus rizos de un rojo ardiente? ¿Los reservados ocultos en los sótanos y los escotillones secretos? Fantasías triviales de directores de cine sin talento y de otras mentes de tres al cuarto. La chusma, ansiosa por divertirse, reclama esa clase de productos. Acomodada en los sillones de sus palcos costosos, desea que le pongan una y otra vez la carne de gallina. Pues nada, a rodar películas sobre los bajos fondos. Y como los verdaderos bajos fondos de Berlín, con toda su miseria social, no son del gusto de la distinguida zona de la Kurfürstendamm, entonces se fantasean unos bajos fondos en los que, véase lo dicho arriba, se vive a cuerpo de rey. (pp. 138-139).

Berlín hiperinflación c. 1923
Cientos de miles de desempleados se devanan los sesos buscando una fuente de ingresos; una forma, aunque sea pequeña, de subsistir. Surgen mil oficios nuevos; oficios ideados por la más cruda desesperación. Empezando por el vendedor de palitos salados en los bares hasta el que alquila paraguas cuando empieza de pronto a llover. Desde el que cuida coches hasta el explorador que hurga en los montículos de basura de la periferia de la gran ciudad. Una multitud de ocurrencias extravagantes, un deseo desmesurado de ocupación, una prueba estremecedora del afán por conservar la honradez pese al impulso de vivir y tener que alimentarse. (p. 217).