martes, 6 de octubre de 2015

La otra cara de la Revolución Industrial: los Principios de Economía Política (Mill) y el Manifiesto Comunista (Engels & Marx)


Irish family ejectment from their home. Original aquí
Año 1842. Gran Bretaña ha sufrido una serie de malas cosechas, el precio del pan se ha duplicado, las ciudades están llenas de inmigrantes procedentes del campo en busca de trabajo, la industria algodonera está en crisis desde el último lustro, los obreros recurren a la caridad y llenan los comedores sociales. Thomas Carlyle afirmaba: “Siendo imposible la vida a las multitudes. […] Es evidente que la nación camina hacia el suicidio”.

En agosto de ese mismo año se produjo una huelga general liderada por el movimiento cartista (véase Carta del Pueblo) en defensa del sufragio universal masculino: un hombre, un voto. El primer ministro conservador Robert Peel envió al ejército contra los huelguistas quienes acabaron replegándose hacia sus fábricas. De nuevo Carlyle escribía: “La revuelta, el hosco y vengativo humor de la revuelta contra las clases altas […] es cada vez más el espíritu universal de las clases bajas”. El “Informe sobre las condiciones sanitarias de la población obrera de Gran Bretaña” publicado en 1842 por Edwin Chadwick (con anterioridad publicó junto a Nassau William Senior, Poor Law Commissioners' Report of 1834), mostraba que en Manchester (el Silicon Valley de la Revolución Industrial) la vida media de los hombres era de 17 años, la mitad que en los entornos rurales. Solo uno de cada dos recién nacidos llegaba a superar los 5 años de edad. Pero había mucho más: las calles eran frecuentemente usadas como alcantarillas, las casas estaban llenas de moho y en un estado deplorable, la comida putrefacta y los obreros se pasaban la mayor parte del tiempo en estado de embriaguez.

La década de 1840 es conocida comúnmente como la “década del hambre” y volvieron a tomar plena actualidad las ideas maltusianas. Thomas Malthus (más información aquí, aquí y aquí) enunció durante el periodo de las Guerras Napoleónicas (1799-1815) la denominada “Ley de la Población” (Ensayo sobre el principio de la población). Malthus sostenía que generalmente nueve décimas partes de la población se ven condenadas a la miseria y a un trabajo penoso. Podrían existir años mejores y años peores, pero los niveles de vida nunca se alejarían de la subsistencia. ¿Por qué? La población humana tiende a crecer más rápidamente que los alimentos de los cuales dispone. A corto y medio plazo, los alimentos disponibles se mantienen en un nivel constante; esto supone que a largo plazo (cuando la población crezca) estos mismos alimentos que antes bastaban para mantener a la población, serán insuficientes. Un crecimiento demográfico significaba mayor competencia entre trabajadores, mayor competencia entre clientes y más hogares compitiendo por alimentos. Esa competencia lleva aparejada dos efectos inmediatos: (i) disminución de los salarios y (ii) subida de los precios. Al descender el nivel de vida, los matrimonios serían pospuestos y se reduciría el número de hijos. Al disminuir la población, los precios de los alimentos también bajarían porque habría menos hogares compitiendo. De forma análoga, los salarios subirían al reducirse la población. Esto sucedería a no ser que las guerras, las enfermedades y el hambre acelerasen todo el proceso. Para Malthus tratar de elevar el nivel medio es imitar a Sísifo empujando la piedra hasta lo alto de la montaña. En su opinión, cualquier intento de eludir la ley de la población estaba condenado al fracaso. Los obreros que reclamasen salarios superiores a los del mercado no encontrarían trabajo. Los empresarios que pagaran a sus trabajadores más que sus competidores verían como sus costes laborales aumentaban, de tal forma que tendrían que aumentar los precios de sus productos. Inevitablemente esto provocaría una pérdida importante de sus clientes. Por cierto, a raíz de este ensayo el inefable Carlyle (por cierto, contrario a la abolición de la esclavitud) llegó a calificar la economía de “ciencia lúgubre”.

Scrooge (Walt Disney). Original aquí
¿Qué implicaciones tenían las teorías malthusianas? Para los victorianos significaba que la beneficencia podía incrementar el sufrimiento que trataba de aliviar. De hecho, Malthus sostenía que el sistema inglés de asistencia social establecía pocos requisitos para acceder a las ayudas ya que “recompensaba a los ociosos y no a los laboriosos”. La ayuda era proporcional al tamaño de la familia, lo que incentivaba los matrimonios tempranos y el número excesivo de hijos. Por tales razones, el parlamento inglés aprobó en 1834 una nueva Ley de Pobres que limitaba la asistencia pública a quienes aceptaran ingresar en un hospicio parroquial. Charles Dickens (más detalles aquí, aquí, aquí y aquí) describió la situación de los hospicios con suma maestría (Oliver Twist y Canción de Navidad). Un hospicio de la época era un cárcel en la cual hombres y mujeres vivían separados por sexos, realizaban penosos trabajos y sometidos a una férrea disciplina. El pobre Oliver Twist recibía tres comidas de gachas lavadas al día, una cebolla dos veces por semana y medio bollo los domingos; eso sí dormía bajo un techo. Canción de Navidad constituye un ataque a las ideas de Malthus. En la rica Inglaterra, el huraño y anoréxico Scrooge es un anacronismo: “Me cuestan bastante dinero (los pobres). Quienes se encuentren en mala situación que recurran a ellos (los hospicios)”. Cuando el Espectro de las Navidades Pasadas responde: “Muchos no pueden ir a ellos; y otros preferirían morirse antes que ir”; Scrooge no se arredra: “Si prefieren morirse, es mejor que lo hagan, y así disminuirá el exceso de población”. Como es bien sabido, al final Scrooge se arrepiente y decide dar libre el día de Navidad a su empleado Bob Cratchit; al tiempo que decide pasar las Navidades con su sobrino. A lo largo de su vida Dickens apostará por mejorar la situación de los pobres sin cambiar la sociedad existente. Dickens era un amante de la modernidad y del progreso. En su opinión, la capacidad humana de inventar cosas podría lograr lo que se propusiera. El propio Dickens había escapado de la pobreza gracias a su trabajo, habilidad y esfuerzo como escritor, por eso no entendía que conservadores como Carlyle y socialistas como Mill (biografía aquí) no reconocieran que el conjunto de la sociedad había ascendido lentamente haciendo frente a grandes dificultades. Un año después del levantamiento cartista la situación había cambiado. El primer ministro conservador había reconocido privadamente que muchas de las reclamaciones cartistas estaban sobradamente justificadas. Los dirigentes sindicales –eludiendo la lucha de clases- apoyaron la campaña empresarial contra la imposición de aranceles a los cereales y otros alimentos. Varias comisiones parlamentarias realizaron informes sobre el trabajo infantil, los accidentes de trabajo y otros problemas suscitados por la Ley de Fábricas de 1844 (más aquí) (normativa que regulaba los horarios laborales de mujeres y niños). Me quedo con la editorial publicada por Dickens en el primer número de Household Words (concepto aquí): “La economía política es un mero esqueleto a menos que esté revestida de una mínima humanidad y transmita cierta frescura y un poco de calidez humanas”.

Londres en la época Victoriana, original aquí
El entorno que mejor reflejaba los cambios y las contradicciones que estaba propiciando la Revolución Industrial (más aquí) era la ciudad de Londres. A mediados de siglo, la población londinense ascendía a dos millones y medio de personas: dos París, cinco Vienas o todo el conjunto de las siguientes ocho grandes ciudades. Desde Londres, un viajero podía salir hacia Escocia por el norte, hacia Moscú por el este y hacia Bagdad por el sur. El corazón financiero del comercio mundial latía en la “City”: el banquero Nathan Mayer Rothschild aseguraba que Londres era el banco del mundo. Los comerciantes solicitaban préstamos a corto plazo para financiar sus operaciones globales y los estados emitían bonos para construir carreteras, canales y líneas férreas. Los agentes de cambio de la City prestaban el doble de dinero que en Nueva York y diez veces más que en París. En Londres estaba la mayor concentración de industrias del mundo, que empleaban a uno de cada seis obreros ingleses, casi medio millón de hombres y mujeres, una cifra que multiplicaba por diez el número de trabajadores de las manufacturas de algodón de Manchester. Aunque ciudades industriales como Leeds o Newcastle producían gran parte de las exportaciones británicas; en Londres había plantas de agua y de gas, curtidurías, destilerías de cerveza y de licor, fábricas de cristal, fábricas de velas y de jabón, harineras, refinerías de azúcar, mercados de carne, fábricas textiles, imprentas, pinturas e instrumentos de precisión y ebanisterías, entre otros. En los enormes astilleros de Poplar y de Millwall, quince mil hombres y niños construían los mayores vapores y buques de guerra del momento. Por tales razones, Londres constituía el mayor mercado del mundo donde se podía encontrar prácticamente de todo: relojerías, mercerías y talleres de fotografía; elegantes papelerías, calceterías y corseterías; tiendas de música, de chales y de joyas; tiendas de guantes franceses y perfumes, y un sinfín de talleres de bordados, confección y sombrerería. The Economist señalaba que las personas más ricas del Imperio Británico y del mundo querían vivir en Londres. Por término medio, los ingresos de los londinenses eran un 40% más elevados que en otras ciudades inglesas, no solo porque Londres contase con más habitantes de mayor poder adquisitivo sino porque los salarios superaban en un tercio a los del resto del país.

Vendedoras de flores, Londres c. 1877. Original The Guardian
Sin embargo, también existía otra cara… A raíz de una epidemia de cólera que dejó más de 14,000 fallecidos en la ciudad de Londres, Henry Mayhew (más detalles aquí) publicó en 1850 en el Morning Chronicle una serie de ochenta y ocho crónicas titulada “El trabajo y los pobres” (vol. 1, vol. 2, vol. 3, vol. 4). Su objetivo era elaborar una nueva economía política que tuviera en cuenta las quejas de los trabajadores e hiciera justicia a los empresarios. Y es que Londres también atraía a los pobres: un número indeterminado de inmigrantes no cualificados acudían desde las zonas rurales para ganarse la vida como costureras, criados, carpinteros, peones o recaderos, o bien, si no había más remedio, como prostitutas, mendigos o pequeños delincuentes. De hecho, Mayhew descubrió que la población obrera londinense era un mosaico de grupos diferenciados y muy especializados. Existían más de 150,000 criados domésticos cuya cifra es indicativa del número de ricos y más de 80,000 peones que trabajaban en la construcción de líneas férreas, puentes, carreteras, alcantarillas y otras obras públicas. Aunque los obreros en Londres ganaban salarios más altos que en otras ciudades, sus condiciones de vida solían ser peores porque residían en edificios decrépitos y hacinados en áreas como Whitechapel, Stepney, Poplar, Bethnal Green o Southwark, como documentaron con exhaustividad las comisiones parlamentarias de la década de 1840. Por ejemplo, Mayhew calculó que en Londres trabajaban 35,000 costureras, 21,000 de las cuales trabajaban en talleres más o menos respetables. Las otras 14,000 trabajaban a destajo. En opinión de Mayhew, el salario de estas costureras estaban por debajo del nivel de subsistencia por lo que, para mantenerse, necesitaban robar, mendigar o prostituirse. En definitiva, la pobreza de Londres –caracterizada por la sobredimensión de sus talleres, sus viviendas atestadas, su desempleo crónico y su dependencia de la asistencia pública- constituía un subproducto de la propia riqueza de la ciudad (véase Stedman Jones, Language of class). El rápido crecimiento económico elevó los salarios y sobre todo -y en mayor proporción- el alquiler de las viviendas y los gastos generales. Según señala Clark, entre 1750 y 1850 el salario medio de los británicos se incrementó un tercio. Es cierto que partía de un nivel extremadamente bajo, que la clase trabajadora británica era mucho más numerosa (la población británica se había triplicado) y vivía en condiciones mucho mejores que los trabajadores alemanes o franceses. Sin embargo, casi la totalidad de los aumentos salariales se produjeron a partir de 1820, y en su mayor parte afectaron a los artesanos y trabajadores cualificados. Las mejoras en los salarios de los trabajadores no cualificados (por ejemplo, jornaleros agrícolas) fueron totalmente imperceptibles y quedaron anuladas, como temía Malthus, por el aumento en el número de hijos. Asimismo el empleo era más inseguro porque los sectores manufactureros y de la construcción eran fuertemente cíclicos. Las jornadas de trabajo eran muy largas y además las mujeres y los niños de la familia debían de trabajar. Estas (ligeras) mejoras salariales provocaron una emigración masiva del campo a la ciudad antes de que se extendieran las prácticas de higiene, la recogida de basuras, el alcantarillado y el agua corriente. Las consecuencias fueron catastróficas. Aunque la Inglaterra rural era más pobre, en el campo la esperanza de vida era de unos 45 años, mientras que en ciudades como Manchester o Liverpool era tan solo de solo 31-32 años. La mortalidad infantil aumentó en la mayoría de los entornos urbanos y también descendió la altura media en la edad adulta (un indicador de la nutrición infantil, que acusa tanto la influencia de la dieta como la de las enfermedades) en los varones nacidos en las décadas de 1830 y 1840. No fueron las únicas malas noticias. Estas mejoras en los salarios también elevaron los costes laborales de las empresas. Esto conllevó a que los empresarios sustituyeran la mano de obra por otros trabajadores (y no por tecnología) dada la elevada oferta de trabajo. Y vuelta a empezar para los obreros.

Original aquí
La primera mitad del siglo XIX fue un periodo excitante y dramático por muchas razones. La producción a gran escala condujo a un enorme crecimiento de la riqueza pero también a un significativo aumento de la pobreza. Todo el mundo se preguntaba cómo se podía mejorar el nivel de vida en un sistema basado en la libre competencia y la propiedad privada y hasta qué punto el sistema capitalista lo soportaría. El año 1848 constituyó un buen termómetro de todas estas inquietudes. Las protestas populares en Francia demandando mayor participación ciudadana no condujeron al socialismo, ni siquiera al sufragio universal masculino, sino a la Segunda República bajo la presidencia del sobrino de Napoleón (futuro emperador francés entre 1852 y 1870 con el nombre de Napoleón III). Desde el punto de vista del pensamiento económico se publicaron los Principios de Economía Política (de Mill) y el Manifiesto Comunista. Vayamos con ellos.

Principios de Economía Política de John Stuartt Mill


Original Britannica
John Stuart Mill publicó en 1848 sus “Principios de Economía Política” que se convirtieron en el tratado de economía más leído desde “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith. Mill pretendía eludir el tratamiento áspero y abstracto que estaba desacreditando a los economistas políticos. La clave era averiguar hasta qué punto se podía mejorar la situación de los trabajadores sin acabar con el orden social existente.

Su inspiración fue David Ricardo (más aquí), gran político y exitoso corredor de bolsa judío que inició su carrera como economista a los treinta y siete años. David Ricardo reformuló entre 1809 y 1823 las brillantes ideas smithianas (pero a veces, también vagas) en un conjunto de principios matemáticos precisos y coherentes. Además planteó cuestiones relativas a los beneficios del comercio para las naciones pobres y ricas y sobre que los países prosperaban más cuanto más se especializaban. También postuló dos importantes teorías: (i) la Ley de Hierro de los salarios: los salarios suben o bajan según fluctuaciones a corto plazo en la oferta y la demanda, pero tienden siempre hacia un nivel de subsistencia; (ii) la Ley de Rendimientos Decrecientes: un aumento de la mano de obra para cultivar una hectárea produciría rendimientos adicionales cada vez menores.

Mill observó que Ricardo, Smith y Malthus eran partidarios de los derechos económicos y políticos individuales, detractores de la esclavitud y enemigos del proteccionismo, los monopolios y los privilegios de los terratenientes. Mill, por su parte, defendía los sindicatos, el sufragio universal y el derecho de las mujeres a la propiedad. En respuesta a la crisis económica y la conflictividad social de la década de 1840, criticó la ley que gravaba con un impuesto del 50% las importaciones de cereales. En general, los jornaleros agrícolas dedicaban como mínimo un tercio de sus ingresos en alimentar a su familia. Mill predijo que cuando se aboliera el impuesto sobre las importaciones, los precios de los alimentos bajarían y los salarios reales subirían. Sin embargo, era profundamente pesimista sobre la posibilidad de mejorar la vida de los trabajadores. Estaba convencido que la derogación de las leyes de los cereales solo serviría para aplazar la resolución del problema, como había sucedido previamente con la invención del ferrocarril, el acceso al continente norteamericano y el descubrimiento de oro en California.

En definitiva, la ley de la población de Malthus y las leyes que postuló Ricardo -la ley de hierro de los salarios y la ley de los rendimientos decrecientes- implicaban que el crecimiento de la población superaría al de los recursos. Por consiguiente, la riqueza de un país aumentaría a expensas de los pobres, condenados a agotar los frutos de os avances científicos. Por su parte, el Estado lo único que podía hacer era crear las condiciones necesarias para que las leyes de la oferta y la demanda y el interés propio funcionaran de forma óptima. Según Mill, la economía se rige por leyes naturales que la voluntad humana no puede cambiar, como tampoco se puede alterar la ley de la gravedad. En 1848, cuando terminaba de redactar los Principios, escribió: “No queda nada que aclarar en las leyes del valor, ni para los escritores actuales ni para los del porvenir: la teoría está completa”.

El Manifiesto Comunista de Friedrich Engels y Karl Marx

Original Britannica
La gestación del Manifiesto Comunista necesitó una mayor coordinación. En la primavera de 1842, un joven Friedrich Engels (más detalles aquí, aquí y aquí) se hizo cargo de la fábrica textil (Ermen & Engels) que su familia de Wuppertal (Renania) tenía en Manchester. Cuando Engels llegó a Manchester, aunque en las calles abundaban los grupos de desempleados y muchas de las hilanderías de algodón seguían paradas, la huelga general había finalizado y los soldados habían regresado a Londres. Curiosamente Engels observó que los obreros ingleses comían mejor que sus homónimos alemanes. Mientras que un operario de su fábrica de tejidos de Barmen (Wuppertal) cenaba únicamente pan y patatas, en Manchester un obrero comía carne cada día y con su dinero obtenía incluso alimentos más nutritivos que el alemán más rico. Además bebía té dos veces al día y aún le quedaba dinero para tomarse un vaso de cerveza al mediodía y un licor con agua por la tarde. En cualquier caso para Engels, los 21 meses que pasó formándose como empresario en Inglaterra supusieron el descubrimiento de la teoría económica (al igual que los intelectuales alemanes estaban obsesionados con la religión, los ingleses convertían cualquier cuestión política o cultural en un tema económico). A pesar de la frustración que le inspiraba su falta de educación universitaria, y en especial su ignorancia de los trabajos de Adam Smith, Thomas Malthus, David Ricardo y otros intelectuales británicos, Engels estaba absolutamente convencido de que la teoría económica inglesa tenía grandes fallos. En 1844 escribió “La situación de la clase obrera en Inglaterra” (publicado en Leipzig en julio de 1845) donde mostraba que la mano de obra industrial inglesa vivía prácticamente en estado de inanición y por eso se produjeron los ataques violentos contra los propietarios de fábricas en 1842. Sin embargo, lo que no pudo demostrar era que esa precariedad fuera inmutable y que la única solución fuera derrocar la sociedad inglesa e imponer una dictadura cartista.

Original Britannica
Al otro lado del canal de la Mancha (c. 1844), Karl Marx (más detalles aquí) -hijo de un burgués y yerno de un noble prusiano- residía en París dirigiendo una revista de filosofía radical y escribiendo un tratado que demostrase la inminencia de la revolución. Marx solo era dos años y medio mayor que Engels, estaba casado, era padre de una niña e insistía que lo trataran como doctor en filosofía. Marx tuvo que dedicarse al periodismo porque no consiguió un puesto de profesor en una universidad alemana y su familia desesperada terminó por retirarle la ayuda económica. Según George Bernard Shaw, carecía de “experiencia en la administración” y de cualquier tipo de “contacto comercial con un ser humano”. Aunque era brillante y erudito, nunca fue tan trabajador y práctico como Engels. Mientras Engels estaba dispuesto a arremangarse y ponerse a escribir en cualquier momento, Marx disfrutaba más en la tertulias de café bebiendo vino y charlando con aristócratas rusos, poetas alemanes y socialistas franceses. Marx estaba convencido de la superioridad intelectual y cultural alemana, admiraba todo lo que fuera francés y detestaba la riqueza y el poder británicos. Además opinaba que el hambre y la conflictividad social eran una prueba de que la burguesía no podía seguir ejerciendo su papel dominante y pensaba que el proletariado acabaría derrocando a sus opresores. Tras abolir la propiedad privada, el proletariado se liberaría y liberaría al conjunto de la sociedad.

H. Mocznay. Museo histórico alemán (aquí)
Marx y Engels tuvieron por fin una primera conversación en condiciones en agosto de 1844. Del mismo modo que los discípulos de Hegel usaron la religión para cuestionar a la propia religión y revelar la hipocresía de la élite dominante en Alemania, Marx y Engels deberían usar los principios de la economía política para desmontar la “religión del dinero” que reinaba en Inglaterra. Nasar (La Gran Búsqueda 2012, pp. 36-37) relata que tras el regreso de Engels a Alemania, éste (cito textualmente) se dedicó a acusar de “asesinato, latrocinio y otros crímenes a gran escala” a la clase empresarial británica (y por extensión, la alemana). La estancia en la fábrica textil de su familia había reafirmado su impresión de que el comercio era “infame”. Jamás había visto “una clase tan profundamente desmoralizada, tan irremediablemente corrompida por el egoísmo, íntimamente corroída e incapaz de todo progreso, como la burguesía inglesa”. Esos “sórdidos hebreos”, como llamaba a los empresarios de Manchester, eran adeptos de “la economía nacional, la ciencia que enseña a ganar dinero”, les daba igual el sufrimiento de sus obreros mientras ellos obtuvieran beneficios y eran ajenos a todo valor humano que no fuera el dinero. El “espíritu tacaño” de las clases superiores británicas era tan repugnante como la “farisaica beneficencia” que dispensaban a los pobres después de “chuparles la sangre hasta la última gota”. Con una sociedad inglesa cada vez más dividida en “unos pocos millonarios de un lado y, del otro, una gran masa de simples trabajadores asalariados”, la inminente “guerra de los pobres contra los ricos será la más sangrienta que se haya visto jamás”.

El 29 de noviembre de 1847, Engels y Marx estaban en Londres para asistir a un congreso que la Liga de los Comunistas había convocado debido al desplome del sector ferroviario en toda Europa. Dicha Liga constituía uno de las múltiples asociaciones políticas de la época, en la cual se integraban utopistas, socialistas y anarquistas centroeuropeos, junto con algún cartista y algún oficinista londinenses partidarios del sufragio masculino. Engels consiguió que el lema de la Liga fuera “Proletarios de todos los países, ¡uníos!” y que se redactara un Manifiesto Comunista que abogase por la desaparición de la burguesía y la abolición de la propiedad privada.

Marx, que por entonces ya había agotado varias herencias familiares y que estaba otra vez arruinado, pulió la versión definitiva del Manifiesto. Marx quería demostrar que la Revolución Industrial Británica implicaba algo más que la adopción de nuevas tecnologías y el espectacular aumento de la producción. Por una parte, era evidente que había creado grandes ciudades, fábricas y redes de transporte; había puesto en funcionamiento un extenso mercado global basado en la interdependencia; y había demostrado que la riqueza de una nación podía crecer exponencialmente cuestionando los límites de la naturaleza (por ejemplo, entre 1750 y 1850 el PIB del Reino Unido se había cuadruplicado, lo que implicaba que en un solo siglo la economía británica había crecido cien veces más que en los mil años anteriores). Ambos estaban convencidos de que en el mundo moderno el poder político no vendría dado por las armas, sino por la superioridad económica de un país y sus empresarios. Pero, por otra parte, también pensaban que los mecanismos de distribución de la renta tenían un gran problema que haría desaparecer el sistema capitalista. Pese al espectacular aumento de la riqueza, el bajísimo nivel de vida de las tres cuartas partes de la población británica pertenecientes a las clases trabajadoras apenas había mejorado. En otras palabras, según Engels y Marx cuando un país crece en riqueza y poder, las condiciones de vida de su población empeoran.

El objetivo de Marx era demostrar matemáticamente que un sistema basado en la propiedad privada y en la libre competencia no podía funcionar. Por consiguiente, la revolución debía llegar en un momento dado. No bastaba con condenar el capitalismo por razones morales (por ejemplo, el socialista utópico Pierre-Joseph Proudhon aseguró que toda propiedad privada es un robo), era necesario terminar con el sistema capitalista. Para ello, Marx necesitaba demostrar que las doctrinas de Smith, Malthus, Ricardo y Mill eran erróneas.

Antonio Berni, c. 1934. MALBA, Buenos Aires
En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels, señalaron los dos motivos por los cuales el capitalismo funcionaba mal: (i) cuanta más riqueza se creaba, peores eran las condiciones de la sociedad; (ii) cuanta más riqueza había, más virulentas y largas eran las crisis financieras y comerciales que estallaban periódicamente. Marx aseguró con posterioridad en “El Capital” (1867) que la “Ley de la Acumulación Capitalista” suponía un descenso de los salarios, un aumento de la duración e intensidad de la jornada, el deterioro de las condiciones laborales, la disminución de la calidad de los productos consumidos y el acortamiento de la vida media de los obreros. Asimismo rechazaba explícitamente la “Ley de la Población” de Malthus, la cual es una teoría sobre la determinación del nivel de los salarios (recordemos que Malthus suponía que el salario dependía única y exclusivamente de la mano de obra disponible. Un número mayor de obreros implicaba más competencia por los empleos y, por consiguiente, salarios más bajos. Un menor número de trabajadores suponía lo contrario). ¿Por qué? Basándose en Mill, para Marx todo valor, incluida la plusvalía, es el resultado de las horas trabajadas por la mano de obra.

Según Blaug esto encierra no pocos problemas. Si solo las horas de trabajo crean valor, habría que concluir que la introducción de maquinaria más eficiente, la reorganización de los equipos de ventas, la contratación de mejores directivos o la adopción de estrategias comerciales más adecuadas, si no van acompañadas de la contratación de más trabajadores, comportarán necesariamente un descenso en los beneficios. Por lo tanto, según el planteamiento marxista, el único modo de evitar que los beneficios desciendan es explotar a la mano de obra, obligando a los obreros a trabajar más horas sin compensación alguna. Al asegurar que el trabajo es la fuente de todo valor, Marx estaba asumiendo que los ingresos del propietario (beneficios, intereses o salarios de directivos) no son merecidos. No afirmaba que los trabajadores no necesitasen el capital (fábricas, máquinas, herramientas, tecnologías patentadas, etc.) para elaborar el producto, sino que el capital que el propietario ha puesto a su disposición es solo el producto del trabajo pasado. Sin embargo, el dueño de cualquier recurso (sea un caballo, una casa o dinero en efectivo) puede utilizarlo. Afirmar, como hacía Marx, que dejar para más tarde lo que se puede consumir ahora, arriesgando los recursos propios o gestionando y organizando un negocio, no tiene valor y, por lo tanto, no merece compensación alguna, implica que pueden obtenerse resultados sin ahorrar, sin esperar o sin correr riesgos.

En cualquier caso, lo más demoledor contra la teoría marxista es el hecho de que los salarios reales no descendieron a medida que el capital se acumuló en forma de fábricas, edificios, líneas férreas y puentes. A diferencia de las décadas anteriores a la de 1840, cuando el aumento del salario real afectaba sobre todo a los obreros cualificados y el efecto sobre el nivel de vida quedaba contrarrestado por el aumento del desempleo, la extensión de la jornada de trabajo y el crecimiento de las familias; en las décadas de 1850 y 1860, las ganancias fueron espectaculares e indiscutibles.

En opinión de Nasar (La Gran Búsqueda 2012, p. 61) probablemente si Marx hubiera salido a la calle a ver las cosas por sí mismo (ni hablaba bien inglés, ni visitó jamás una fábrica y apenas tuvo contacto con los obreros ingleses), como por ejemplo hizo Mayhew; o si hubiera hablado con otras personalidades de la época interesadas en las mismas cuestiones (John Stuart Mill, Charles Darwin, Herbert Spencer o George Eliot, entre otros) habría visto que el mundo no estaba evolucionando tal como habían anticipado Engels y él. La clase media no estaba desapareciendo sino que cada vez era más numerosa. Los pánicos financieros y las recesiones industriales no eran peores que antes. En el siglo XX, Keynes en plena depresión económica calificó El Capital como “un libro de texto económico obsoleto, que sé que es no solo científicamente erróneo, sino sin interés o aplicación para el mundo moderno” (citado por Nasar La Gran Búsqueda 2012, p. 68).

ADVERTENCIA
Esta entrada es un texto adaptado, resumido y copiado con fines docentes del prólogo (El Señor Popular frente a Scrooge) y del capítulo 1 (Novedad absoluta: Engels y Marx en la era de los milagros) del excelente libro de Sylvia Nasar: La Gran Búsqueda. Una Historia de la Economía

1 comentario:

pepe dijo...

AQUÍ DONDE ENCAJA Michal Kalecki.